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2026

Mirar debajo de los pies

Oscar Formacio
Curaduría: Christian Gómez

“Hay que abrir los ojos de tus dedos y hacer tu propia experiencia de viaje
por la sensibilidad… los pies están sintiendo y contribuyendo,
y luego tus manos y al final tus ojos.”
Elvira Espejo, La crianza mutua de las artes

La obra de Oscar Formacio tiene como punto de partida, desde una dimensión narrativa y material, el lugar de donde proviene: San Andrés Cholula, Puebla, una comunidad de origen indígena donde es particularmente evidente la incursión colonial, pero en cuya contemporaneidad es posible encontrar tepalcates al rascar o revolver la tierra. En lo que concierne a lo narrativo, se adscribe al abordaje de la microhistoria, una corriente historiográfica que atiende casos puntuales para comprender procesos históricos y sociales más amplios; mientras que, en su trabajo con los materiales, se permite indagar su dimensión política, intuir sus cargas históricas y, sobre todo, explorar sus posibilidades formales y sensibles.

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Esta exposición en Ache Galería configura una trama de las inquietudes del artista, quien ha llevado sus interrogaciones, formas de proceder e insistencias a otros suelos y paisajes. El conjunto, que abarca proyectos en curso y otros que se han extendido por algunos años, adquiere otras potencias al situarse en este territorio que es frontera entre regiones, cruce de caminos y cuya historia está marcada, más allá de los calificativos, por aquello que está debajo de la tierra.

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En tal sentido, la muestra reúne obras clave que forman parte de series más amplias o preguntas de largo aliento del artista. La escultura y el par de fotografías Comprar y vender, por ejemplo, son parte de Tierra que migra, un proyecto para el que demolió junto con su padre un muro de adobe de una casa familiar centenaria, el cual se descubrió contenía vestigios arqueológicos, tanto históricos como contemporáneos. Convertido de nuevo en tierra, ha tomado con posterioridad la forma de distintas obras, evidenciando así los ciclos de los materiales, las disputas en las que se encuentran y sus posibilidades de significación.
 

Se incluyen también obras de la serie Resistir al entierro, en donde se subraya la erosión del paisaje a partir de procesos extractivos (desmantelar una casa para construir un relleno sanitario, por ejemplo), de expropiación, gentrificación o superposición, frente a lo cual propone la transformación de materiales de desgaste y la reorganización de hallazgos o sobrantes como posibilidades de configurar algo distinto. En esa línea se encuentran trabajos como Casa y poste, El hoyo, Horizonte e Insertus, que subrayan, en medio de aquellas violencias, una apuesta por otras posibilidades, como la de la vida.

 

Entre los trabajos, otros se ocupan de la memoria de los espacios: habitados, transformados, contenedores de historias; mientras que algunos, como aquellas obras que hacen parte de la serie La montaña y el jardín, dan cuenta de un cuerpo que incide en el paisaje al intentar modelarlo.

 

Finalmente, al conjunto se suma Tierras raras, una serie de 15 cuadros en los que el artista ha realizado composiciones con tierras y pigmentos de orígenes distintos que ha recolectado durante varios años. La forma de elaborarlas, entre lo azaroso y lo intencionado, produce formaciones inéditas; después de la reflexión sobre el origen y la trayectoria de los materiales, es fascinante ver las posibilidades de sus reconfiguraciones.

 

La selección de obras en esta muestra da cuenta de una potente sensibilidad pictórica, escultórica e instalativa, configurando desde distintas aproximaciones formales conversaciones con la memoria del territorio, que tiene un tiempo que trasciende a nuestra mirada que lo ha encuadrado como paisaje. En la obra de Oscar Formacio todo el cuerpo está en el juego de la sensibilidad, no para domar la tierra sino para decantar provisionalmente sus formas y conversar con las memorias que guarda. Mirar debajo de los pies es su invitación a implicarnos en ese viaje por lo sensible.


Christian Gómez

NeuGeburt

El brote cargado de ceniza

Rebecca Uliczka

En la era del fuego, esta serie dirige la mirada hacia el momento posterior a las llamas: cuando, entre árboles carbonizados y suelo negro, la naturaleza comienza a regenerarse desde la memoria de sus raíces. 


El caballo, símbolo de fuerza, y la figura humana atestiguan esta metamorfosis: una analogía entre la resiliencia vegetal y la reminiscencia humana para renacer tras la adversidad. 


La raíz avanza en la oscuridad, empuja y perfora sin pedir permiso. El brote que emerge de las cenizas no es un gesto frágil, sino un acto de resistencia: un grito silencioso de la vida frente a la destrucción.

De la Selva a la Luna

Mauricio Palos

Mauricio Palos (SLP, 1981) presenta una colección de relatos engarzados, testimonios visuales que revelan la influencia estadounidense sobre territorios, cuerpos y creencias, desde la Luna hasta la selva, desde el desierto hasta las nopaleras.


El recorrido empieza en 2020, año pandémico en el que Donald J. Trump perdió la elección contra el demócrata Joe Biden. Desde ese momento se avizoraba la descomposición de los relatos, la dificultad de discernir la verdad de la ficción y la manipulación algorítmica como nueva táctica de guerra, técnicas por demás conocidas en América Latina, donde la injerencia externa lleva décadas reescribiendo las historias locales.


En esos años, Palos recorrió territorios marcados por la Guerra Fría, entre ellos Panamá y Colombia. Visitó la Escuela de las Américas, hoy reconvertida en hotel Meliá y comunidades en México y en la Amazonía donde la religión evangélica desplazó las creencias originarias, llevando consigo el relato del héroe salvador, el símbolo que sobrevive en la selva o en la Luna y que, junto a su ideología, sepulta los credos de los pueblos con quienes se encuentra para convertirlos a la idea del progreso y del futuro en los cuerpos celestes. Hoy, en el segundo mandato de Trump, el contexto se ha agudizado, los discursos de expansionismo, explotación y despojo ya no se disimulan, abiertamente buscan imponer una hegemonía con justificación bíblica, donde las máquinas están al servicio del poder, la naturaleza es apenas un recurso y las personas son cuerpos de explotación.


Sin embargo, los relatos nunca son únicos. Las historias se entremezclan con las realidades locales, cobran otros sentidos y brotan mezcladas para adaptarse al territorio. Les crecen plantas a los teatros en medio de la selva. Se mantienen los sueños de llegada al espacio desde las nopaleras. El relato único se disuelve en el agua del barro, verde, rojo, blanco, ese material milenario que ha permitido coser otras muchas historias y alimentarnos de ellas.


Las vasijas se han roto y se han creado nuevas. En el sincretismo han florecido visiones que se reconcilian con sus ecosistemas en relaciones recíprocas y generosas que siembran para un futuro en donde la tierra permanezca y permita las relaciones entre humanos, flora y fauna.


Como nos recuerda Ursula K. Le Guin en su texto La teoría de la bolsa de transporte de la ficción quizás la historia nunca fue sobre la valentía del héroe que usó su lanza, sino sobre la bolsa que cargó las semillas, las raíces, el alimento que dio sustento.

Territorio Es Un Acto

Ana Gómez | Casey Whittier | Jarrett Mellenbruch

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Aquí “territorio” no significa tierra reclamada o poseída. Significa un lugar que cobra existencia a través de un acto: el acto de marcarlo, trabajarlo y hacer que sus materiales hablen. Un territorio en este sentido es algo más cercano a una canción que a una frontera. Esta interpretación proviene del filósofo Gilles Deleuze y del psicoanalista Félix Guattari, quienes describieron cómo un lugar se convierte en territorio en el momento en que su materia en bruto comienza a aportar expresión, así como el canto de un pájaro transforma un espacio de bosque en hogar.

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Ana Gómez, Casey Whittier y Jarrett Mellenbruch hacen algo similar con San Miguel de Allende. Recogen su barro, su azulejo, su lana y su luz, y dejan que esa materia se vuelva expresiva. A diferencia de un mapa de la región o de una reivindicación sobre ella, este territorio afirma que la tierra es algo que hacemos, juntos, mediante el cuidado que le brindamos.

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Cuando el tiempo esculpe un cañón, el corte revela lo que la tierra guarda: estratos de densidad y tiempo distintos que conforman un solo sustrato. Esta exposición funciona como ese corte. Ana Gómez, Casey Whittier y Jarrett Mellenbruch abordan San Miguel de Allende como materia e historia acumuladas. Cada artista expone una capa distinta y, juntos, revelan la profundidad de un lugar.

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El material con el que trabaja Ana Gomez es paisaje en sí mismo. Construye sus composiciones a partir de barros extraídos de los cerros circundantes y de azulejos rescatados de talleres locales. Cada pieza está hecha de la sustancia del territorio y transformada en un nuevo paisaje escultórico que dialoga tanto con la naturaleza geológica del lugar como con la tradición centenaria de la alfarería que ha surgido ahí.

La investigación de Casey Whittier se caracteriza por una dimensión profundamente corporal: ella emplea sus sentidos para forjar una comprensión del lugar casi forense. Su observación visual de detalles —que van desde la delicada estructura de una hoja hasta los patrones formados por los adoquines— se conjuga con la sensación táctil de las piedras singulares recolectadas durante la jornada y que lleva en el bolsillo, así como con las ondulaciones del terreno registradas en sus carreras matutinas. Sus obras integran cuentas de cerámica hechas a mano y lana teñida con plantas locales para configurar una cartografía sutil, arraigada en su sensibilidad hacia los matices y particularidades del entorno.

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La capa en la que la intervención humana es más evidente pertenece a Jarrett Mellenbruch. Su serie de fotografías en blanco y negro (Vagabundeo: Rojo, Amarillo, Azul) es una meditación sobre los paisajes naturales, los construidos y las personas que los habitan. Figuras geométricas en colores primarios confluyen tanto en las imágenes como en tazas de cerámica modeladas a mano que esperan a ser usadas por los asistentes a la muestra. Cuando las tazas circulan entre dos espacios, la galería y el café contiguo, la presencia humana activa dos intercambios: uno social, entre los visitantes, y uno material, entre el Bajío y Kansas.

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Lo que une estas prácticas es el sentido compartido de la tensión que el lugar sostiene en la obra. Cada artista opera a una distancia distinta de la tierra, y cada uno revela la profundidad que nace de ser sensible al entorno en el que crea.

ANTES DE QUE SE ME OLVIDE :

MÁQUINAS Y FABULACIONES

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A veces, cuando intentamos recordar, lo primero que aparece no es una imagen clara, sino una sensación confusa: un fragmento, un color, una textura. Algo que se siente cercano pero que no termina de tomar forma.


Recordar no es regresar al pasado. Es construirlo otra vez.


En esta exposición, el artista no intenta representar recuerdos, sino acercarse al mecanismo mismo de recordar. En ese momento inestable en el que la memoria aún no logra convertirse en imagen y, sin embargo, ya comienza a transformarse.


Su proyecto es una investigación pictórica sobre la fabulación y la confabulación, entendidas como un impulso vital para construir, sostener y reinterpretar la propia realidad. En sus intentos por construir recuerdos vivos, aparece también el miedo a olvidar: a que lo vivido se diluya hasta volverse irreconocible.


Las obras se dividen en dos cuerpos.


En Máquinas, el artista utiliza objetos, materiales, ensamblajes y estructuras como dispositivos que buscan dar forma a lo intangible. Estas piezas no representan escenas ni personajes; funcionan como intentos por mostrar cómo luce la memoria antes de volverse recuerdo: cuando aún es peso, resto, fragmento y acumulación.


En Fabulaciones, la memoria ya ha encontrado una forma, pero no necesariamente fiel. A partir de fotografías del archivo familiar, estímulos domésticos y referencias personales, el artista construye composiciones pictóricas y collages donde recordar se mezcla con imaginar, completar y alterar. Aquí el recuerdo se contamina con el afecto, el deseo y la interpretación.


Con el tiempo, el artista ha comprendido que fabular también es un acto de amor propio: una manera de transformar la fragilidad de la memoria en un territorio onírico donde puede habitar con más paz. La mayoría de estas invenciones nacen como impulsos que después se traducen naturalmente en imágenes, casi siempre desdibujadas, que aparecen primero en sus cuadernos y luego en sus pinturas.


El proyecto se mueve entre la confabulación involuntaria —esa invención que surge cuando la mente rellena vacíos— y la fabulación consciente, mostrando cómo una ficción emocionalmente verdadera puede convertirse en la versión más funcional de la realidad.


Estas obras no buscan mostrar lo que fue, sino evidenciar el esfuerzo persistente del artista por no olvidar, aun sabiendo que cada recuerdo, al volver, ya es otra cosa.

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